Está claro que los concursos de talentos tienen un hueco más que asegurado en la parrilla televisiva. Y a pesar de su gran éxito, la polémica siempre está servida. Pero, ¿qué hay de bueno y qué hay de malo en este tipo de formatos? ¿Qué hay de verdad y qué hay de ficción? ¿Qué hay de sólido y qué de efímero?
Para empezar, diré que el hecho de que haya música en directo en un espacio público y de amplia difusión, siempre es bueno. Se dignifica a la música y se pone en su sitio. Estamos hartos de consumir música enlatada que no dice nada ni lleva a ninguna parte. Que carece de sentido.
Por otro lado, estos “talent shows” suelen mostrar valores como el esfuerzo, el trabajo, y el amor por una disciplina, en este caso, la música.
Sin embargo, la visión que se da de los estudiantes y de los profesionales de la música resulta bastante distorsionada. Ante el público general, pasar 2 meses preparando un par de canciones por semana, resulta suficiente para “triunfar”.
Y a propósito de esto viene, a mi modo de ver, el peligro más grande que tienen este tipo de programas. Y es que se asigna al éxito musical una serie de connotaciones y objetivos que quedan (o deberían quedar) muy lejos de la realidad. Se asocia el éxito a la popularidad y a la rapidez del producto vendido. Lo cual, no es negativo, no quiero que se me malinterprete, pero rotundamente, no es lo único, ni lo más importante. Ni lo más real.
La música es una disciplina muy dura, y con estas atribuciones no somos justos ni objetivos con el esfuerzo, la vocación y la dedicación que supone.
Ya solo realizar la carrera completa de música cuesta actualmente 14 años. Y, por cierto, hay muchísimas: desde las instrumentales (en estilo clásico o jazz), dirección de orquesta o de coros, composición y también carreras teóricas como pedagogía, o musicología.
Y, además, hay muchísimas personas que trabajan por y para la música que no han estudiado una carrera musical (ni falta que les hace); hay cantidad de ingenieros y técnicos de sonido, músicos de otro tipo de estilos, programadores, managers, y un largo etcétera.
Y por supuesto, todos estos profesionales dedican su tiempo, su esfuerzo, su sudor y sus lágrimas a mejorar, perfeccionar, crear, promover, promocionar, tocar una y mil puertas, y volverlas a tocar después de que se las hayan cerrado en las narices.
Y todo esto, no por falta ni de calidad, ni de profesionalidad, ni de dotes, ni de empeño.
El típico “hay que perseguir los sueños” de estos concursos les suena mucho, demasiado a los músicos. Porque lo hacen, no pueden hacer otra cosa. Perseguirlos, intentar cumplirlos.
Y la gran mayoría de estos increíbles profesionales, cada uno en su ámbito y en su estilo, no asocian el éxito a un boom mediático, a una fama desbordante. Porque realmente, no llega, no existe en la gran mayoría de los casos. La gran mayoría de los grandes músicos viven una vida anónima, lejos de los focos.
El éxito reside en crear, que les dejen crear, seguir creando, buscar su hueco y vivir de ello. Y claro, disfrutando de lo que mejor hacen y más les llena: música.
Hace poco escuché a una cantautora decir: “a veces no entiendo por qué no elegí estudiar una carrera normal, y elegí dedicarme a la música, que da más quebraderos de cabeza y más inestabilidad. Pero ayer me subí al escenario y me acordé; no la elegí yo, ella me eligió a mí. No puedo hacer otra cosa.”
Así que, como resumen, quiero decir que me parece estupendo que este tipo de formatos triunfen y sean exitosos. Al final el público es el que demanda una u otra cosa, pero muchos jóvenes sólo tienen esa visión de lo que es un músico, de lo que es triunfar en la vida, y buscan eso.
Muchas veces se frustran rápido y tiran la toalla al menor imprevisto. Y es que la realidad oculta, no la conocen.
Y como apunte final, quizás el público no demanda otro tipo de música (menos comercial), porque sencillamente no tiene un hueco, no se le da visibilidad. Con esa visibilidad ganaríamos todos. Músicos, público, sociedad en general.






No habia leido esta fantástica reflexión hasta hoy pero coincido plenamente contigo. Vivimos en un mundo revolucionado y acelerado en el que el éxito se vende como algo fácil y sencillo de conseguir, sobretodo en el ámbito de la música. No hay que olvidar que detrás de muchos de esos sueños hay una gigante industria que vive de ellos poniendoles muchas veces fecha de caducidad y con un poder tan grande que puede hacer que uno suba o baje como la espuma. Programas como estos son interesantes pero no hay que olvidar que en el backstage la sombra del dinero revolotea en el aire como notas musicales.