Hoy vamos a hablar del Método Suzuki. Quizás a muchos os suene el nombre, pero vamos a profundizar, tratando de entender qué aporta frente a las pedagogías tradicionales. Y lo vamos a hacer de la mano de dos expertas en la materia:
Ainhoa Galvany, violinista formada en Musikene y Utrecht, y profesora de Método Suzuki en Donostia y en la Escuela de Música de Baztan. Colaboradora en orquestas profesionales como OSE y BOS.
Beatriz Junco, violinista de A Coruña formada en Musikene y Frankfurt, profesora Nivel 5 de Método Suzuki por la European Suzuki Association y directora de una escuela junto con Olalla González en Coruña donde más de 50 niños aprenden con el Método Suzuki violín y violonchelo.
El método Suzuki debe su nombre a su creador, el violinista japonés Shinichi Suzuki, quien lo creó durante el siglo XX. Tal y como nos explica Junco, “Suzuki observó que todos los niños aprenden su lengua materna, reproduciendo incluso los acentos locales con gran exactitud, y es esto lo que le llevó a pensar que si los niños estuvieran rodeados de sonidos musicales, podrían adquirir una habilidad especial para la música, como la que desarrollan en la lengua. Él mismo lo denominó el Método de la lengua materna”
Por ello, el ritmo y el orden de aprendizaje sucede de una manera natural. “Primero escucha, luego habla (en este caso reproduce los sonidos en el instrumento) y más tarde aprender a leer música” nos cuenta Galvany.
Al preguntarles sobre qué aspectos del método Suzuki les atrajeron frente a métodos tradicionales, Ainhoa Galvany lo tiene claro:
«Lo que más me atrajo de este método es cómo se aproximan los niños a la música. Lo hacen a través del sonido, y no de la lectura (como pasa en las escuelas tradicionales de música). Al convertir el sonido en el motor principal de un aprendizaje musical, conseguimos muchas cosas positivas: por ejemplo, que el oído del alumno sea más sensible y más desarrollado desde el principio, porque su trabajo se basa en escuchar música, y no en leer. Cuando un alumno tiene que leer y luego tocar lo que pone en la partitura, es imposible que su atención se centre en aspectos como la calidad del sonido, los matices o la afinación (en el caso del violín). En cambio, cuando un alumno escucha la pieza, y lo que tiene en la cabeza son los sonidos, lo que reproduce es precisamente eso, el sonido.
Además, este método permite que los niños comiencen a una temprana edad, como son los 3 años, porque no tienen que saber leer».
Beatriz Junco compara el proceso de aprendizaje que se obtiene con una planta:
«Cuando cuidas a una planta, al principio, durante semanas, hay solo tierra, pero de repente, brota un tallito, y con agua y luz, la planta crece, y con los cuidados necesarios, se convertirá en una planta preciosa… es la esencia de la educación. Pasa lo mismo en el aprendizaje de tocar un instrumento, en mi caso el violín. Es un camino muy especial, y que se si se cuida, cualquier niño puede florecer».
Galvany señala los beneficios más evidentes que el método Suzuki aporta a las niñas y niños: Concentración, memoria, coordinación, sensibilidad, trabajo en grupo, y diversión, entre muchos otros.
Cuando preguntamos a Beatriz Junco por los puntos fuertes del japonés frente al método tradicional, destaca el papel de los padres:
«Veo un montón de efectos positivos, pero quizás destacaría la maravillosa conexión que se produce en una familia que está inmersa en esta metodología, ya que la música, la práctica y las clases forman parte de su vida, de su día a día. También destacaría la gran capacidad que desarrollan los niños para memorizar canciones y que tienen un oído muy desarrollado y un ritmo muy estable. También me impresiona la actitud que tienen los alumnos “Suzuki” ante el público en un concierto, cómo saludan, cómo se colocan el instrumento… Y aunque se ponen un poco nerviosos, luego se concentran y se crecen en el escenario. Esto es porque están muy acostumbrados a actuar delante de gente desde pequeñitos».
Ainhoa Galvany nos habla sobre la diferencia del alumnado entre ambos métodos:
«Tengo la suerte de comprobar esto cada semana. En Donostia, soy profesora de Método Suzuki, pero en Elizondo, enseño método tradicional. No tiene nada que ver una cosa con la otra.
Los niños que empiezan con el Método Suzuki se concentran mucho más en clase, se divierten más, y sobre todo tienen muy claro qué estudiar y cómo estudiarlo cuando lleguen a casa, porque las madres/padres asisten a clase. Ellos son un pilar fundamental en la enseñanza de este método, ya que ellos son los profesores en casa. Se les dan instrucciones de qué trabajar y cómo trabajarlo y a qué aspectos de postura o musicales deben prestar atención cada semana.
Sin embargo, los niños que aprenden en una escuela de música, con el método tradicional, olvidan gran parte de las cosas trabajadas en clase en cuanto han salido por la puerta, y son ellos los que tienen que prestar atención a esos aspectos de postura, lo cual es imposible, ya que cuando empiezan son demasiado pequeños para esta tarea. Es demasiado complicado. Por lo que el aprendizaje es más lento, y sobre todo, menos sólido. Un alumno que no tiene buena postura y que por lo tanto, no tiene una relación sana entre su cuerpo y el instrumento, es imposible que afine bien o que saque un buen sonido, por lo que muchas veces se frustran y les deja de interesar el instrumento y la música».
El método Suzuki tiene ya mucho recorrido, y se aplica no sólo a otros instrumentos además del violín, sino al aprendizaje de idiomas.





