Todos sabemos que es muy importante ofrecer cosas de calidad a los niños: comida, juegos, entornos, personas…
Los niños se están formando como personas, absorben todo y no merecen menos. Son libros en blanco, y poco a poco van construyendo todo su engranaje mental, físico, espiritual y afectivo.
Educarles despacito, sin prisas, a través de la observación y no de la intervención ni de la hiperestimulación. Cada vez hay más conciencia de la importancia de una alimentación saludable, crianza respetuosa, juegos didácticos…
No se nos ocurriría darles a diario a nuestros hijos una hamburguesa para cenar, ni tampoco ponerles dibujos violentos en la televisión, ni educarles a gritos…
Hasta aquí, seguramente, estemos de acuerdo.
Hace ya unos cuantos meses, mi familia y yo nos fuimos a un parque con columpios a pasar la tarde. Allí había un grupo como de unos 20 niños y otros tantos adultos; celebraban una comunión. Los mayores merendaban y los niños jugaban a pillar, a carreras de sacos… juegos muy infantiles, de esos de toda la vida. Pero de repente… BUM.
Había una persona adulta que les dirigía el juego (siempre he pensado que que un adulto dirija el juego a los niños es lo más parecido a que un humano enseñe a un pez a respirar bajo el agua), y les pidió que cantasen una canción. Y todos a una, adulta incluida, empiezan a cantar, a pleno pulmón, emocionados, una canción de la que se sabían la letra de pe a pa, todos los “uh” “oh”, todos al compás.
Nosotros era la primera vez que oíamos esa canción, y nos dimos cuenta que debía ser muy pero que muy conocida… Pero… “¿Qué? ¿Qué dicen? ¿¿¿Estoy entendiendo bien la letra???”
Nos quedamos alucinados: niños de 8 años cantando esa canción, como si nada. A partir de ese día, tuvimos la canción hasta en la sopa. En la radio, en las tiendas, en las fiestas, bodas, cumpleaños… Supongo que a estas alturas ya sabes de qué canción hablo, ¿no?
Esta canción, por supuesto, no ha faltado (sino que además ha sido la canción estrella) en las minidiscos veraniegas. Esto es grave. Sí. Mucho. Vayamos por puntos:
1. El término y el concepto minidisco, ya de por sí, tienen tela. Pretende “adultizar” a los niños. Ya habrá tiempo para discotecas, hombre. O no. Pero ni el volumen, ni las luces, ni los horarios, ni la variedad (nula) o calidad musical (nula también); nada puede estar más alejado de lo que deberíamos ofrecer a los niños.
2. La letra de la canción. Sexualmente explícita. ¿En serio no pasa nada? Pasa que no es apropiado para niños tan pequeños, que no respeta su infancia ni el mundo interior que deben desarrollar. Esto es de sentido común.
3. Los mensajes extremadamente machistas. De esto, es posible que muchos adultos no se hayan dado cuenta. Pero esos mensajes están. Y permanecen. Y se normalizan…
La música tiene un gran poder de comunicación. ¿Qué mensajes están aprendiendo nuestros niños a través de ella? No podemos disociar una música del mensaje que está comunicando.
Despacito es la manera que debemos educar a los niños. Es lo único que tengo claro. Y con la música, tenemos mucho por hacer. Es una herramienta más en la educación, y bien usada, puede ayudarnos muchísimo. Pero mal usada, puede hacer tanto daño…






